lunes, 7 de diciembre de 2015

martes, 2 de junio de 2015

ESTRELLA Y EL CALEIDOSCOPIO de Lila Calderón


ESTRELLA Y EL CALEIDOSCOPIO
 de Lila Calderón
Presentación 
 María Loreto Mora Olate
Universidad del Bío-Bío

“Chillán Poesía”. Sala Schäfer, Centro de Extensión, Universidad del Bío-Bío, Chillán, 22 de abril de 2015.




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Busco si se me quedó una página enredada, pero no, la historia llegó a su fin en el capítulo nueve…¿Es idea mía o es curioso que una novela no termine en un capítulo par?  Y mientras cierro el libro, con un nudo en la garganta,  miro el paisaje de la carretera cinco sur que separa mi tierra de la infancia y adolescencia, con este Chillán mío de la adultez. Y en este punto, me uno a la voz de Luis, protagonista de  “Estrella y el caleidoscopio” (2013, Zig-Zag) en su regreso, a través de este viaje en racconto, a su patria íntima de la niñez, que fue visitada por Estrella, nombre emblemático de la misteriosa y bella  niña gitana. Por alguna razón, el protagonista tiene conciencia que su testimonio puede resultarnos inverosímil y dice:  “todo lo que recuerdo de Estrella, es cierto, porque lo tengo escrito y dibujado en un cuaderno. La conocí hace muchos años, pero aún conservo el dibujo de la primera vez que la vi”
Cómo olvidar a una niña gitana con un vestido de velos de distintos colores, que peleaba con el viento porque le volaba la falda! Era como un espejismo que se balanceada entre la tierra y el sol de ese pueblo árido, seco y caluroso ¿Y si era solo yo quien la veía?(p.8).
En este viaje interior los jóvenes lectores, se encontrarán con una infancia que hoy escasea, ya que la de Luis transcurre en una aldea que goza permanentemente de una tranquilidad como de un domingo por la tarde,  con niños que ocupan el espacio público de la calle, para entretenerse en juegos como jugar a las escondidas, a las bolitas, al trompo, a contar historias de fantasmas;  permaneciendo inocentes de varios avances de la ciencia y de la tecnología, sin electricidad y sin imaginarse que el resto del mundo disfruta del séptimo arte. Con casas que mantenían sus puertas abiertas, sin miedo al otro, una realidad que se ambienta en algún pueblito de aquellos que aún quedan escondidos en nuestro país.
Por eso, la llegada de los gitanos rompe aquel equilibrio, y el relato pone en evidencia los arraigados prejuicios que la sociedad chilena ha manifestado acerca de esta etnia, más bien los adultos, cuyos discursos los niños replican; así Francisco, en relación con los gitanos afirma: “mi mamá dice que son los mismos que vinieron hace unos años, cuando yo era chico y…que traen cajas de magia…dicen que ven la suerte con cartas de naipes y que tienen una bola de vidrio donde se ve la fortuna y el más allá. Y que saben todo lo que te va a pasar en el futuro….” Ahora leemos la voz de Pedro: “Mi papá dice que traen cosas muy raras y que hay que tener cuidado, pero que está bien que vengan, porque le dan color y vida al pueblo”, dice Pedro. Si recordamos, en “Cien años de soledad”, es también un gitano, Melquíades, quien actúa como portavoz de las novedades; si en el pueblo de Macondo fueron  los imanes y el hielo, en este pueblo sin nombre, lo que marca un punto de quiebre es la llegada del cine.
Aquí Lila Calderón, luce su faceta audiovisual y construye con delicadeza y con notas de humor, el relato de los incrédulos y hasta confundidos habitantes de pueblo, quienes nunca en su vida habían escuchado siquiera, la palabra “cine”; el protagonista rememora el asombro de la primera función así:
Lo más impresionante de la película sucedió cuando se encendió fuego durante una fiesta nocturna; era tan real, que parecía que se incendiaría todo en unos segundos. Tanto, que una señora del público se levantó y fue a ver detrás del telón si no saltaban brazas que pudieran pasarse a los maderos de la cerca o a la ropa de la gente. Alguien gritó que los gitanos iban a incendiar el pueblo con el cine” (p.66).
Nuestra autora, alejándose del relato ramplón y moralizador de la literatura de antaño, no solo rompe con los prejuicios hacia los gitanos, más bien legitima la voz de este grupo humano, situándolos, más allá de la novedad y de la superstición, sino como fuente de conocimiento, ya que son ellos quienes nos relatan cómo surgió el cine, explicando su funcionamiento, casi con un  saber enciclopedista.
Son los gitanos también, cuales mediadores culturales, los encargados, por una parte, de acercar la civilización a los habitantes del pueblo, y por otra, de dar vida a la narración oral de relatos de su literatura vernácula,  como “Drácula” y la narración de las películas.  Este recurso del relato dentro del relato y el guiño intertextual, corroboran el empoderamiento de la voz  gitana. No obstante, y sin caer en una postura maniqueísta, nuestra autora no olvida la contracara y también aparece la voz del prejuicio y la desconfianza:
-Son húngaros-dijo la señora María, la mamá de Anita (…) seguro que algo nos van a pedir, ya sea agua o azúcar o cualquier cosa que se les antoje.
-¿Entonces si son húngaros no son gitanos?-preguntó Luis intrigado (…)
-No sé. Pero don Pepe dice que andan siempre de pueblo en pueblo, que así viven (…)
-¿No será que ahora vienen a quedarse para siempre, porque ya no tienen espacio en su tierra? –preguntó Francisco, muy preocupado- ¿Qué pasaría si empiezan a venirse así los húngaros y se quedan aquí y nos arrinconan y después nosotros tenemos que irnos a vivir en las carpas de ellos y ellos se quedan en nuestras casas… (p.14).
Dicho de otra forma, el relato pone en tensión dos culturas, por una parte,  develando nuestros prejuicios frente al otro, y por otra, nos  hace ver la realidad multicultural que nos hemos negado como país, y que actualmente la llegada creciente de inmigrantes pone como un  desafío social. Aquí está el caleidoscopio que recibimos de regalo por parte de Estrella, una clave de lectura ya instalados en el contexto del aula escolar, donde el texto literario funciona como elemento mediador intercultural, porque la lectura literaria viene a favorecer procesos educativos críticos frente a las actitudes discriminatorias, estereotipadas e intolerantes; estableciendo un puente entre culturas, que “contribuye a superar y abrir nuestro juicio crítico sobre los demás y nos abre a la aceptación de la diversidad”( Malik, B. y Sutil, M. 2013).
Y el relato novelesco, sin recurrir a una instrumentalización moral, naturalmente la evolución de los personajes, derivan en la aceptación mutua: “Con el paso de los días los gitanos comenzaron a hacerse amigos de todos los que habitábamos en el pueblo. Se acercaban hasta nuestras casas, ya sin temor alguno de ser rechazados, para ofrecer vernos la suerte o contarnos películas que se proyectaban en otros países. Ya nadie hablaba con desconfianza de ellos y mi mamá, que nunca había tenido prejuicios, ayudó a que se iniciara una buena convivencia con estos singulares visitantes” (p.80)
El nombre de Estrella, ya aporta con el carácter emblemático del personaje: la figura principal del espectáculo circense, el primer amor,  y a pesar de su paso fugaz, dejó una especie de polvo de estrellas, que cual miguitas de pan como en “Hansel y Gretel”, marcaron el destino vocacional de Luis con el caleidoscopio, el  particular regalo que recibió por parte de la niña. Asumiendo la paradoja, en ese sentido, la niña romaní  fue una estrella perenne para Luis aún en su adultez.
Los lectores podrán descubrir que Luis y Estrella, nunca hablaron solo intercambiaron miradas y un obsequio, un amor platónico en ese tránsito de la niñez a la adolescencia, tema que pareciera estar un tanto ausente en la literatura chilena para los no tan niños. Me atrevo a decir que existe cierta deuda con aquellos lectores  que están en dicho tránsito, más aún en tiempos donde la pulsión social insiste en acortar la infancia. En la actual oferta literaria hay un salto brusco entre los relatos de fantasía pura propios de la niñez y las historias de amor entre vampiros, de jóvenes que batallan contra una enfermedad, que los adolescentes devoran.
Por eso estimo, que la novela  “Estrella y el caleidoscopio”, viene a llenar dicho vacío generacional y temático, al abordar la temática del amor platónico, en las postrimerías de la infancia, desde una focalización de la remembranza, pero que a la vez, pone perspectiva  al niño/a lector que hoy vive esa experiencia de amor, y que formará parte del tesoro del recuerdo de la adultez de un hombre.
En este punto, percibo una ruptura del estereotipo aún arraigado en nuestra sociedad machista, en cuanto a educación emocional se refiere: la autora construye a un Luis adulto que nos habla de sentimientos, de emociones, evidenciando una memoria emotiva, casi romántica, que se permite este recuerdo íntimo, sensible, abriendo así una puerta a nuestros  lectores preadolescentes. No solo las mujeres tienen en determinada época un diario de vida, Luis también lo tuvo y lo conserva, quizás como muchas de nosotras. Como animador de la lectura observo que aquí se abre pretexto de diálogo con los adultos mediadores de la lectura, padres, profesores, bibliotecarios, cómo fue su experiencia de niñez, de las primeras ilusiones amorosas, de aquellos amores libres de la imagen comercial.
Sin duda que este relato novelesco abre un espacio para la narración del mundo interior en ebullición de Luis, donde todo preadolescente se sentirá identificado frente a esta sensación nueva del amor:
No podía dejar de mirar a la gitanilla que se peleaba con el viento, cubriéndose los ojos y bajándose la falda, tratando de arreglarse el pelo largo y tan negro como una noche de invierno (…) y yo me preguntaba cómo serían sus lágrimas. En ese momento no lo supe, quizás algún día lo descubriría…Había algo en ella que me llamaba  la atención y no podía quitarle los ojos de encima”. (p.10)
Es destacable que la novela también aborde el amor adulto, representado por la madre de Luis y el tío Guillermo, amor mirado con los  ojos de hijo un tanto celoso, relatándolo así: “El asunto es que a mi mamá le había comenzado a parecer tan simpático el tío (Guillermo) que ahora preparaba dulces y postres nuevos para cuando él nos visitaba… Risas iban y venían y yo no podía evitar que algo me molestara. Nina me dijo que yo estaba celoso y me hizo ver que los dos estaban solos y que todavía podían pensar en compartir una bonita amistad, que al final nos haría bien a todos”. (p.78)
“Estrella y el caleidoscopio” al poner sobre la mesa el tema intercultural, podemos ubicarla en la línea realista de la Lij latinoamericana, donde el especialista Luis Cabrera Delgado destaca que en género narrativos se pueden distinguir “particularidades en el orden temático-argumental” tales como el tratamiento de problemáticas sociales y la migración. Es así como,  Lila Calderón enfrenta al lector en tránsito hacia la adolescencia, con la verdad de lo cotidiano, poniendo en valor la naturalidad de la existencia de los matices de los pensamientos y sentimientos de los personajes que construye; y por qué no decirlo, rompe con el horizonte de expectativas del “final feliz”, al que nos tenía acostumbrados el antiguo paradigma de literatura para niños. 
Por el contrario, nos vemos enfrentamos a un final abierto, con algunos nudos que no se han resuelto, tal como en la vida misma.


Durante la presentación


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Referencias
- Cabrera, Lui. (2010) Panorama actual de la literatura infantil y juvenil en Latinoamérica. Actas del Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil, Santiago de Chile, 24 al 28 de febrero de 2010. Fundación SM. 225-225. Recuperado de http://www.fundacion-sm.com/ArchivosColegios/fundacionSM/Archivos/LIJ/132195_ACTAS_primera%20parte.pdf
- Malik, Beatriz y Sutil, Inmaculada. (2013). Comunicación intercultural y literatura en contextos educativos. Diversidad. Revista de estudios interculturales, 1, 40-63. Recuperado de http://www.uned.es/grupointer/COMYLITERATURA_malik_sutil_13.pdf
 





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ESTRELLA Y EL CALEIDOSCOPIO de Lila Calderón.
Presentación de María Loreto Mora Olate


lunes, 23 de marzo de 2015

URBATORIVM: ALFONSO CALDERÓN: DESDE EL BLANCO Y NEGRO ESCRIBIENDO A COLORES

URBATORIVM: ALFONSO CALDERÓN: DESDE EL BLANCO Y NEGRO ESCRIBIENDO A COLORES



Este año 2009, la cultura nacional ha pasado especialmente de luto: no llegarán a estar con nosotros en las celebraciones del Bicentenario el actor Jorge Guerra, el humorista Chicho Azúa, la actriz Yoya Martínez, el folklorista Lalo Parra, la folklorista Carmencita Ruiz, la actriz Helvecia Viera, el escritorMiguel Serrano, la escritora Matilde Ladrón de Guevara, el investigador Gerardo Claps, el cronista Sergio Ramón Fuentealba, el naturalista Juan Grau, el historiador Ascencio Ronda Gayoso, el músico Rhino González y el actor Emilio Gaete, entre algunos más.
Y otro de los que también partieron este año, con ellos, fue el cronista, novelista, poeta y antólogo Alfonso Calderón, peso-pesado en las artes escritas nacionales.
Calderón era un intelectual de aspecto adusto, serio, como varios representantes de la llamadageneración del 50; sus gafas parecían un muro más que una ventana, en una primera vista. Sin embargo, esto era sólo una falsa impresión, pues se trataba en realidad de un hombre increíblemente ameno, entretenido, poseedor de una cultura vastísima, por lo que quienes le conocieron recalcan siempre lo lejos que estaba de ser un personaje aburrido o parco. Y esta fluidez se refleja en sus escritos: gratos, agradables, instructivos y eruditos; de esos libros que uno preferiría fuesen más extensos aún, ojala interminables.
Muchos comparan el valor de Calderón en la historia literaria con el de Joaquín Edwards Bello, que fuera de alguna manera su mentor. Aunque ambos cronistas provenían de mundos políticos muy distintos, casi como en la relación entre Francisco A. Encina y Leopoldo Castedo, Calderón tiene algo de Edwards en su orientación y en su testimonio del siglo XX, continuando en la segunda mitad de la centuria la misma obra que aquél hiciera durante la primera.
ORÍGENES Y PRIMERAS OBRAS
Alfonso Calderón Squadritto llegó al mundo el 21 de noviembre de 1930 en la ciudad de San Fernando. Hizo sus estudios en Los Ángeles y en Temuco, partiendo a Santiago para estudiar en el Internado Barros Arana, cuna de tantos otros intelectuales chilenos. Luego, estudió pedagogía en castellano y periodismo en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile.
Desde niño, en su época de estudiante, se había hecho fanático de la lectura de "El Peneca" y algunos famosos cómics internacionales como "Mandrake" y "Dick Tracy". Era asiduo lector, además, de las crónicas de Edwards Bello en el diario "La Nación". Esta sería su principal influencia literaria, como veremos. Publicó su primer libro de poemas con sólo 18 años, titulado "Primer consejo a los arcángeles del viento", en 1949. A partir de 1952 comienza a ejercer en el periodismo para los diarios de la ciudad de La Serena "El Día", "El Serenense" y "La Serena".
Calderón era un tanto bohemio. En algunas de sus memorias recuerda visitas al famoso local de "Il Bosco" de la Alameda Bernardo O'Higgins, donde transcurría buena parte de su vida, al parecer. La poesía sería donde más golpearía con sus trabajos propios. Uno de los más celebrados es "El país jubiloso", publicado en 1958. En 1961, le tocó a "La Tempestad" y, al año siguiente, "Los cielos interiores".
Comenzó a incursionar en la antología en 1964, con su "Antología de la fábula" y, al año siguiente, "Antología de leyendas y tradiciones". Desde allí en adelante jamás se desprendió de este género, salvo por breves períodos. De hecho, a su inmenso trabajo de recopilación y selección de escritos antes publicados en diarios, revistas y otros soportes, le debemos la virtual "salvación" de las obras de grandes autores nacionales como Augusto D'Halmar, Teófilo Cid, Ricardo Latcham y Martín Cerda.
En 1965 se incorporó a la revista "Ercilla", haciendo comentarios de libros. Al año siguiente publicó "Grandes cuentos humorísticos".
ALUMNO DE EDWARDS BELLO
Calderón era asesor de la Editorial Zig-Zag, y desde ahí intentó contactar al huraño y maduro Edwards Bello para convencerle de publicar una crónica. Pero la reacción del escritor le resultó frustrante, pues en lugar de entusiasmarse, le espetó con severidad: "Pierde su tiempo, con crónicas no se hacen libros". Pese a ello, Calderón siguió adelante en sus planes, por fortuna, llegando a hacer gran amistad con Edwards Bello y convirtiéndose en su principal alumno. Las primeras tres antologías del autor las publicó en 1966: "Recuerdos de un cuarto de siglo", "Nuevas crónicas" y "Hotel Hoddó".
En otro paralelismo con Edwards Bello, cuya obra también rescató a través de recopilaciones como"El Subterráneo de los Jesuitas" (posteriormente rebautizado "Mitópolis"), también comenzó a incursionar en el rubro memorialista. Al año siguiente, participa en el Encuentro de Escritores Latinoamericanos y publica también "El cuento chileno actual: 1950-1967". Ese mismo año se suicidó Edwards Bello, viendo la luz, de la mano de Calderón, su antología "Crónicas del centenario". Prosiguió en la tarea de recopilar el archivo del malogrado cronista. Hacia 1969 lanzó "Andando por Madrid" y "Memorial de Valparaíso".
En 1970, Calderón publicó su primera novela: "Toca esa rumba don Azpiazu". Para 1971, mismo año en que publica "Antología de la poesía chilena contemporánea", se incorpora al equipo de Editorial Quimantú, poco después, para la colección de libros de bolsillo sobre temas sociales "Nosotros los Chilenos". Uno de los libros más oportunos de recordar en nuestro actual contexto sobre esta serie, fue el número 43, de su autoría, titulado "Cuando Chile cumplió 100 años", de 1973. Allí dio rienda suelta a sus talentos como investigador y ensayista.
Sin embargo, como Quimantú había surgido como casa editora estatal y de difusión ideológica luego de la expropiación de la Editorial Zig-Zag, el alzamiento militar del 11 de septiembre de ese año sorprendió a Calderón comprometido con la Unidad Popular. Acababa de publicar su libro de poemas "Isla de los bienaventurados", uno de los que más se le celebran.
Pese a todo, Calderón ya tenía un buen grado de prestigio y reconocimiento público, que le permitió seguir publicando obras como su "Antología poética de Gabriela Mistral" en 1974. Incluso se permitió trabajar en revistas contrarias al régimen, como "Apsi" y "Hoy". En 1979 recibió el Premio Municipal de Santiago por su trabajo "Poemas para clavecín", publicado el año anterior, algo sorprendente en el clima de fuerte ionización política que había en el ambiente, pero que se explica por la objetividad con que exigía ser evaluado un trabajo de tanta calidad como el suyo.
Joaquín Edwards Bello, hacia 1930.
SU CONSAGRACIÓN
En 1981, Calderón se ganó un puesto como miembro de la Academia Chilena de la Lengua. En 1984, publicó su "Memorial del viejo Santiago: imágenes costumbristas", un verdadero documento de culto entre los investigadores urbanos de la Capital de Chile. De sus memorias en París surge en 1988 "Una invisible comparsa", libro patrocinado por la Embajada de Francia, el Ministerio de Asuntos Extranjeros de ese país y el Instituto Chileno-Francés de Cultura de Santiago. Posteriormente, en 1993, asume como Subdirector de la Biblioteca Nacional y Director del Centro Barros Arana y de la revista "Mapocho" en la misma institución.
"Memorias de la Memoria" es una serie de siete volúmenes que comienza en 1990. En 1995, Calderón empieza a publicar sus diarios de vida en la serie que inicia con "La valija de Rimbaud", que abarca el período de su vida entre 1939-1952. Había comenzado a escribirlo el 25 de enero de 1939, al día siguiente del terremoto de Chillán y mientras vivía en Lautaro. En 1997, ve la luz "Una bujía a pleno sol".
En 1998 verá consagrada su vasta obra, al recibir el Premio Nacional de Literatura. Fue capaz de ganarle en la disputa a Volodia Teitelboim, Fernando Alegría, Guillermo Blanco y Enrique Lafourcade. El entonces Ministro de Educación José Pablo Arellano defendió esta decisión del jurado en base a "la lucidez, profundidad y variedad del ensayista, crítico, novelista, poeta y antólogo". Pero al recibir el premio, Calderón declaró con humildad:
"Sin Joaquín Edwards Bello, yo no existiría".
La serie autobiográfica de su diario, en tanto, continuó con "Cayó una estrella" (1952- 1963), "El vuelo de la mariposa Saturnina" (1964- 1981), "El olivo viejo que lloraba" (1981-1989), "El misionero involuntario" (1990-1993) y "En el bosque de Macbeth" (1993-1996). El año 2001, recibió el Premio Municipal de Poesía de Santa María de los Ángeles.
El año 2008, publicó un libro notable: "Venturas y desventuras de Eduardo Molina", con las semblanzas de un famoso periodista charlatán y cuentero, el Chico Molina, que había conocido más de 50 años antes pero cuya fama se había extendido en el tiempo casi como una leyenda entre los intelectuales chilenos. A la sazón, Calderón era académico de varias universidades y gozaba de una enorme fama en el ambiente intelectual chileno.
LA PARTIDA
La mañana del sábado 8 de agosto de 2009, Alfonso Calderón declaró a su esposa sentirse un poco mal, mientras se disponía a leer la prensa. Todo pasó con la velocidad del rayo: a las 9:25 falleció fulminado de un súbito infarto al miocardio, ante la desesperación de sus seres queridos. Uno de los más grandes de la literatura chilena, así, no pasó agosto; no estuvo para estas Fiestas Patrias y no llegó tampoco al famoso Bicentenario nacional, pese a merecer tanto estar presente en él. Tenía 78 años de edad.
Al parecer, Calderón no era creyente de otra cosa que el poder de la intelectualidad y la cultura: sus restos fueron velados en la Universidad Diego Portales (donde era decano de la Facultad de Comunicación y Letras) y luego cremados en una ceremonia también sin carácter religioso, tal cual alcanzó a solicitarlo en vida.
El día 14, en el diario "La Segunda", Jorge Edwards escribía lo siguiente:
"Ahora, después de la muerte repentina de Alfonso Calderón, compruebo que la memoria chilena, la del siglo XX y la de épocas anteriores, comienza a mostrar carencias bastante difíciles de llenar. La memoria, que en apariencia importa poco, de alguna manera lo es todo: lenguaje, historia, recuerdos compartidos que forman parte de una identidad colectiva. No hay nada peor que un pueblo amnésico, y en cierta medida, en nuestra desaprensión, en nuestra barbarie modernizada, tendemos a serlo: descuidados, olvidadizos, desprovistos de atención y de respeto. Otro de los boxeadores de Teillier recordados por Calderón se peinaba con raya al medio y se preciaba de que después de una pelea a doce rounds nadie fuera capaz de despeinarlo. Tres hermanas bonitas estaban locas por él, y hasta la madre, que había sido atractiva en sus buenos tiempos, las acompañaba a verlo porque esperaba que “le tocara algo”. Ya ven ustedes: las historias de boxeo, que apasionaban a Ernest Hemingway y a Julio Cortázar, están llenas de posibilidades en la literatura. Para escribir hay que leer mucho, pero más bien conviene huir de lo libresco".
"Alfonso Calderón sabía historias extraordinarias de los viejos políticos, de los antiguos poetas y escritores, de los cantantes y los héroes populares de antaño. Me he dedicado a leerlo en estos días y en estas noches, como homenaje personal y privado, y lo he pasado sumamente bien. Me he arrepentido, incluso, de no haberlo leído más cuando estaba vivo y de haber perdido así, debido a ese descuido nuestro tan nacional, la oportunidad única de comentar con él sus relatos. Pero así somos: creemos que hay tiempo para todo, y la verdad es que no hay tiempo para nada. Calderón cuenta historias notables de Eduardo Molina Ventura, el Chico Molina, poeta sin poemas, de Acario Cotapos, de Pablo Neruda y Vicente Huidobro, de muchos más. Se sirve de su experiencia directa, de sus conversaciones con los personajes y de lo que ha escuchado sobre ellos. Su prosa es un pozo de anécdotas, de nombres interesantes, de escenarios curiosos. No he dicho, a propósito, nombres célebres, porque no siempre se trata de eso. Este es un memorialismo que rescata a personajes olvidados, o que nunca fueron conocidos, y que los pone al mismo nivel de los famosos, con lo cual la escritura se acerca mucho a la ficción novelesca".
Parafraseando la frase de Calderón al recibir el Premio Nacional, el también alto galardonado escritor Armando Uribe, declaró de él en un medio:
"Si Joaquín Edwards Bello sigue vivo, se lo debemos a Alfonso Calderón".
El domingo 30 de agosto de 2009, se realizó en su memoria una ronda de declamaciones de poesía en el marco de la 11ª Feria del Libro de Ñuñoa. En la mesa de oradores, con Alfredo Lavergne al centro, estuvieron formando parte de este homenaje su hija la poetisa Teresa Calderón y su nieta Lila Díaz Calderón, ambas herederas también del talento y la vocación por las letras y los versos.


Ronda de poetas en la 11ª Feria del Libro de Ñuñoa. De izquierda a derecha, la tercera en la mesa es la poetisa hija del escritor, doña Teresa Calderón, y la quinta sentada es su nieta, Lila Díaz Calderón, también poetisa.